Grecia



Islandia y Grecia, dos países completamente diferentes: clima, cultura, comida, tipo de destino vacacional...Os preguntaréis, ¿qué tienen en común y por qué protagonizan el inicio de este blog? La respuesta es sencilla y puede resumirse en "adaptarse o morir" en tiempos de pandemia.

Ambos llevábamos tiempo queriendo ir a Islandia para recorrer sus insólitos y maravillosos paisajes únicos en el continente y casi en el mundo! Después de unos duros meses de pandemia, la situación se iba relajando y pensamos que era el momento de hacer un viaje "improvisado", Islandia se presentaba como el destino perfecto: vuelos directos desde Madrid y Alemania y actividades al aire libre alejados de grandes masas. En un par de llamadas organizamos un viaje express de 7 días para finales de agosto (en menos de dos semanas!) y, cuando estábamos a punto de comprar los vuelos, nos dimos cuenta de la imposición de 5 días de cuarentena a la llegada - viaje automáticamente cancelado.

Decepcionados pero determinados a encontrar un plan B (aka segundo plato), recorrimos el mapa de Europa con Google Flights buscando combinaciones para ambos y eureka! GRECIA! 

De verdad queremos cambiar nuestros glaciares, casacadas, géiseres, paisajes lunares a 10ºC con sandwiches como medio de supervivencia (también para nuestro bolsillo) por uno de los destinos vacacionales de playa preferidos, en un país lleno de patrimonio, cuna de nuestra cultura y civilización y gastronomía maravillosamente mediterránea? Pues no parece tan mal plan...

Y así es como nos embarcamos en la organización de nuestro viaje a Grecia determinados a aprovechar al máximo los días de los que disponíamos. Esto incluía visitar la capital, los obligados templos y patrimonio griegos, al menos una ruta de senderismo en la naturaleza y como colofón final la imprescindible visita a una de las muchísimas islas griegas. Dicho y hecho!


Historia de cómo un normalmente denostado "segundo plato" puede convertirse en un viaje intenso pero maravillosamente inolvidable.


DÍA 1: CORINTO - MICENAS - NAUPLIA

Tras aterrizar en el aeropuerto de Atenas, cogimos el coche de alquiler rumbo a nuestro primer destino: Corinto.



Si bien esta pequeña ciudad no aparecía dentro de los lugares de mayor interés turístico, quedaba en ruta dirección a ver las ruinas de Micenas y prometía ser un lugar menos masificado dónde dar inicio a nuestra exploración de la gastronomía local.


En la plaza se encontraban bastantes restaurantes con terrazas y precios y cartas bastante similares, todos ellos prácticamente vacíos, debido a la gran reducción del turismo provocada por el Covid.

Nos sentamos en la Taverna Gemelos, un restaurante con vistas a las ruinas griegas, y seleccionamos 3 platos de nuestra lista de objetivos: Tzaziki, Gyros e Imam (guiso de berenjena parecido a la famosa musaka).


Lo cierto es que el Imam (desconocido hasta ese momento para nosotros) estaba exquisito, la berenjena tenía la textura perfecta, se deshacía en la boca y el relleno muy sabroso. El Gyros en plato fue quizás demasiado abundante, sin duda preferimos la versión take-away . Tras la copiosa comida y dar un breve paseo por las calles de Corinto, proseguimos el viaje en dirección a Micenas.



Micenas es un yacimiento con más de 3000 años de antigüedad de lo que se considera que fue un palacio o fortaleza con un fuerte papel estratégico en su época. Visto en perspectiva, fue el yacimiento que menos nos gustó de todo el viaje, quizás también debido a que fuéramos después de comer y el yacimiento adoleciera de lugares donde protegerse del justiciero sol de agosto. Sin embargo, no deja de ser una de las visitas obligadas en un tour por Grecia, por lo que histórica y arqueológicamente supone.


Tras la visita continuamos rumbo a la ciudad donde haríamos nuestra primera noche: Nauplia (Nafplio).



En nuestro plan de viaje, Nauplia sólo pretendía ser un lugar donde pernoctar. No obstante, dado que aún nos quedaba tiempo para la hora de la cena, descubrimos una fortaleza desde donde las reseñas de Google prometían buenas puestas de sol.

Llegamos a la fortaleza y, animados por las vistas, decidimos comprar la entrada (10€, gratis si eres menor de 26, descuento que descubrimos que se aplicaba en la mayoría de los monumentos y museos de Grecia).







La fortaleza de Palamedes nos sorprendió gratamente. Además de las vistas de la ciudad, las distintas fortalezas anidadas de forma un tanto laberíntica permitían una panorámica del golfo de Argólico, con un hermoso mar turquesa donde los rayos del sol sacaban unos reflejos perfectos para una sesión de fotos, tras la cual nos dirigimos a nuestro hotel.

Bajamos hasta Nauplia y subiendo una empinada cuesta hasta el aparcamiento del alojamiento, una mujer vestida con un vestido que fácilmente podría pensarse de sevillanas (rojo con lunares blancos y algunos volantes) nos empezó a decir "baggage! baggage!" (pronunciado bagasss) señalando hacia abajo. Tras llegar a entender que quería que descargáramos el equipaje y aparcáramos abajo nos dimos cuenta que la señora no hablaba nada de inglés, pero el lenguaje de señas funcionó.

Para ser un alojamiento barato, la habitación incluía una pequeña cocina, por lo que pudimos utilizar el frigorífico para tener agua fresca al día siguiente. Tras dejar el equipaje, bajamos hacia el puerto y la zona de restaurantes, no sin antes rodear el cabo donde se asienta la fortaleza en busca de las últimas luces del atardecer.



Nos soprendió positivamente la vida nocturna de Nauplia con sus calles pintorescas llenas de tiendas y terracitas y un ambiente muy agradable.

Para la cena nos decantamos por un sitio recomendado por unos amigos: Pidalio Taverna. Pedimos sardinas a la brasa (aprovechando el producto local al lado del mar) y fava, un dip de guisantes sabroso.



DÍA 2: NAUPLIA - CAÑÓN DE VIKOS

El plan para el día 2 era intenso:
  • Conducir 5h a Monodendri (con parada estratégica para desayunar en Antirrio).
  • Senderismo por el cañón de Vikos, record guinness de profundidad siendo el cañón más profundo con respecto a su anchura del mundo (con 900m de desnivel).
  • Cenar y dormir cerca de Ioánina, para acortar el viaje al día siguiente hasta Meteora.
La única decepción fue el desayuno en Antirrio. Caminamos por la playa, que quizás otro año debería estar llena de gente tomando el sol pero en tiempos de Covid adolecía de falta de servicios y terrazas... y el pueblo poco más tenía que ofrecer.



Tras las 5 horas de ruta, llegamos a nuestro alojamiento, cerca de Monodendri, donde nos facilitaron el número de unos Taxis que recogían a la gente al final de la ruta de senderismo del cañón para devolverla a Monodendri, en el principio de la ruta - un plan sin fisuras.


El pueblo resultaba realmente agradable, con gran cantidad de lugares donde desayunar, comer y cenar, bien, y a buen precio, pero por desgracia no teníamos tiempo para entretenernos en eso, así que buscamos dónde aprovisionarnos con unas empanadas y agua para comer en el cañón más adelante.

Una vez aprovisionados comenzamos el descenso del cañón de Vikos:

La bajada machaca bastante cuádriceps, rodillas y tobillos, pero una vez abajo el camino es bastante llano, aunque descubrimos con decepción que el río que en su día debía circular por este cañón estaba completamente seco.


Llegado a un punto de la ruta, el trazado del camino parecía indicar que había que bajar al cauce del río, así que descendimos por un terraplén por donde claramente había bajado más gente antes y comenzamos la ardua e infructuosa tarea de buscar señales a lo largo del cauce del río... hasta que llegamos a un punto en el que el agua estancada anegaba el camino y era imposible proseguir.


Tras unos minutos de crisis, decidimos retroceder en busca de un lugar por donde pudiéramos subir y re-engancharnos con el camino, que claramente no podía seguir por ahí. Afortunadamente no nos costó mucho encontrar unas marcas con piedras de alguien que claramente había tenido el mismo problema, y pudimos retomar el camino.

Avanzamos a buen ritmo, pero las horas pasaban, y una nueva preocupación empezó a rondarnos la cabeza. Los taxistas que nos habían recomendado en el hotel, no respondían al teléfono, ni a SMS, ni a e-mails, y no teníamos forma de volver a Monodendri, donde habíamos dejado nuestro coche.



Finalmente llegamos al punto donde comenzaba la subida, y recuperando una línea de cobertura, se nos hizo realidad nuestra peor sospecha en forma de SMS: "Estamos fuera de la ciudad, así que no hay servicio de taxis".

La subida de 900m de desnivel se me hizo agotadora, pero las vistas según ascendíamos eran recompensa más que suficiente (y animaban a hacer mini-descansos para tomar fotos que se agradecían igualmente).



Mientras subíamos la preocupación por cómo volver a por nuestro coche aumentaba justo cuando nos encontramos con una pareja de chicos jóvenes locales, que subían también. Tal vez ellos pudieran indicarnos la mejor manera de regresar a Monodendri.

Para nuestra decepción, nos indicaron que por Vikos apenas pasaban coches que pudieran acercarnos a Monodendri, y nos sugirieron que fuéramos con ellos a Ligopsa y allí sería más fácil conseguir transporte.


No estábamos muy convencidos, y estábamos pensando en rechazar su oferta, sobre todo tras buscar en Google el pueblo que nos indicaban, y observar que estaba incluso más lejos de nuestro destino. Tras invitarnos a un café en el bar de su tía, en Vikos, mientras buscábamos, el chico llamó a su jefe y pidió permiso para entrar más tarde, ofreciéndose a llevarnos hasta Monodendri, dando un claro rodeo con respecto a su ruta.


Lo cierto es que no nos lo esperábamos, y tanta amabilidad nos pilló totalmente por sorpresa, amén de que de no ser por ese gesto no sé cómo habríamos llegado hasta Monodendri. Y más aún al descubrir que de Vikos a Monodendri se tardaba unos 45 minutos en coche. Por si fuera poco, nos invitaron a pasarnos por su bar, donde se juntaba todo el pueblo para celebrar con una buena barbacoa.




Tanto es así que una vez recuperado nuestro coche, y tras pasar por el hotel para una ducha rápida, decidimos desplazarnos a ese recóndito pueblo griego para cenar en su bar y agradecer el gesto tan amable que habían tenido con nosotros.



La sorpresa vendría al descubrir el pueblecito y el ambiente tan entrañable al que nos habían invitado. Nos encontramos con un único bar, donde nuestro chófer trabajaba en una gran parrilla montada fuera, y donde unas 50 personas de todas las edades se repartían en mesas a lo largo y ancho de la plaza.

No tardamos nada en ser el centro de atención. Meropi vino a darnos la bienvenida, y nos presentó a su prima, del mismo nombre, que había estudiado español en el colegio. Tras saludar al abuelo de Meropi, que me regaló unos CDs de música tradicional grabada por él mismo con su banda de música, nos empezaron a llenar la mesa con comida, y cenamos rodeados de niños, de 5 a 20 años, haciéndonos preguntas de lo más variopintas.



Podría decirse que, habiéndonos levantado a las 6 de la mañana, y alargando la cena hasta las 2 de la madrugada, este fue el día más largo del viaje y probablemente el más agotador, pero si volviera a darse, repetiría sin dudarlo, ya que las personas que conocimos, los paisajes, la comida, hicieron, sin lugar a duda, que al día siguiente tuviéramos ganas de más.

DÍA 3: METEORA - DELFOS

El tercer día prometía una mañana de terminar de extenuar nuestros cuádriceps, seguida de un día de carretera para terminar el día en Delfos. Y nada mejor para coger un día así que un buen desayuno, con la típica mezcla de salado y dulce.


Tras aprovisionarnos con unos sándwich para la comida, y tras parar en un puesto de carretera donde comprar algo de fruta fresca (donde la vendedora, increíblemente, se comunicó con nosotros en alemán), llegamos a los Monasterios de Meteora.



Lo cierto es que íbamos mentalizados para subir muchas escaleras, sobre todo viendo cómo se presentaban los monasterios desde abajo, pero a día de hoy la carretera llega hasta prácticamente la puerta (aunque los sitios para aparcar escaseaban).

Nos decidimos, en primer lugar, por el que figuraba como monasterio principal, el Monasterio Varlaam.


Si desde fuera el monasterio resultaba imponente, en lo alto de esa escarpada mole de piedra, visto desde dentro resultaba sorprendentemente acogedor (y más pensando que hasta hace no tanto tiempo, la única vía de acceso al mismo era a través de una polea montada en una de sus torres, desde donde se izaba una red en la que se subían todo tipo de mercancías, provisiones, e incluso personas).



Merece la pena, desde luego, tomarse con calma la visita y disfrutar de todos los rincones que ofrece el monasterio, ideal así mismo para activar el modo "book de fotos".






No obstante, tras disfrutar de este monasterio en profundidad, el resto, a priori más pequeños y a menos altura, se nos antojaron más de lo mismo, por lo que decidimos que nos apetecía más dar un rodeo por los alrededores para retratar, y retratarnos, en tan impresionante paisaje.









Lo cierto es que el paisaje era excepcional y podríamos habernos pasado ahí horas disfrutando y haciendo fotos a cual más hermosa (más aún cuando, "gracias" al Covid, había poco turismo y por lo tanto el lugar no estaba tan saturado como en un año normal), pero nos esperaba un largo día de carretera.... y tocaba arrancar.

Lo cierto es que la carretera de Meteora a Delfos la recuerdo como lo más anodino y aburrido de todo el viaje. Carretera recta, campos llanos sin ningún tipo de interés a ambos lados... incluso nos costó encontrar un lugar agradable, con la sombra de algún árbol, donde parar a comer.



Finalmente, tras ver que los pequeños ríos que parecían acompañar nuestra travesía únicamente estaban rodeados de arbustos que difícilmente nos iban a proporcionar un lugar agradable donde comer, nos apartamos un poco y encontramos un simple trozo de césped, bajo unos frondosos árboles, a las puertas de algún tipo de vivienda o nave... No se parecía lo más mínimo al almuerzo campestre bucólico que nos habíamos imaginado, pero se hacía necesario hacer un alto en el camino y nos pareció (acertadamente) que no encontraríamos nada mejor.

Tuve suerte de contar con una copiloto que no sabe estarse tranquila, porque tras 5 horas de coche apetecía buscar alguna otra cosa que ver, y la encontró. Amfissa es un pequeño pueblecito que nos pillaba de camino, en el que, aparte de sudar subiendo con el coche por callejuelas estrechas, pudimos estirar las piernas disfrutando de las vistas desde las ruinas de su castillo.





Por supuesto nada en comparación con las que habíamos disfrutado aquella mañana en Meteora, pero como conductor agradecí la parada técnica antes de terminar el día en Delfos, pueblo mucho más pequeño situado en la ladera de una montaña, que visitaríamos a la mañana siguiente.


La cena en Delfos en la Taberna Vakhos en terraza incluyó ensalada con naranja, y Yemista, un plato muy recurrente griego consistente en verduras rellenas - en este caso tomates y pimientos con arroz- que probaríamos en más ocasiones.



DÍA 4: DELFOS - ATENAS (I)

Tras un sobrio desayuno en el hostal donde nos alojábamos (el único que tenía desayuno incluido en el precio, y realmente descubrimos que no era gran cosa), nos dirigimos a explorar los monumentos de Delfos, que, si bien es mundialmente conocido por el Oráculo dedicado a la diosa Atenea, también acoge las ruinas del templo al dios Apolo, arquitectónica y turísticamente resulta más interesantes y situadas a tan sólo 5 minutos andando del mismo centro de Delfos.

La entrada sirve tanto para visitar las ruinas como el museo, y, aprendida la lección de la visita a Micenas, nos decidimos por visitar las ruinas a primera hora de la mañana, para evitar lo más posible un sol que claramente iba a castigar su templo.












Lo cierto es que la magnitud de las ruinas nos impresionó y cuando creímos poder afirmar que lo habíamos visitado "todo", y que Cristina había leído todos los letreros, el sol apretaba lo suficiente como para que apeteciera el frescor del museo.



La imagen de lo que originalmente habría sido la ciudad alrededor del templo de Apolo, desde luego, impresionaba.



Tras haber recuperado la temperatura corporal, y acabar un par de botellas de agua fresca, nos decidimos a visitar el más conocido monumento en Delfos, el oráculo de la diosa Atenea.

Al mismo se puede acceder caminando, a menos de 10 minutos del museo, y nos sorprendió que no hiciera falta ningún tipo de entrada, ni existiera ningún control ni vigilancia de las ruinas.


Tras dar un paseo y tomar las fotos de rigor, nos decidimos a coger carretera hacia Atenas, donde devolveríamos el coche de alquiler para desplazarnos ya por otros medios.


Tras devolver el coche, llegamos en el momento exacto para comer en un sitio un poco apartado con comida casera y degustar más platos pendientes de nuestra lista justo antes de recoger las llaves de nuestro alojamiento. Ensalada griega con buena porción de queso feta (habitual que sirvan el bloque entero), musaka y pfseftokefedes (albóndigas en salsa de tomate).


En lo que reponíamos fuerzas, buscamos un Free Tour para la misma tarde, para que nos dieran una primera explicación de la ciudad que nos permitiera optimizar nuestro recorrido por la misma al día siguiente. Lo cierto es que las horas nos cuadraron muy bien, y una vez repuestas fuerzas y tomado posesión de nuestro nuevo alojamiento, nos dirigimos al lugar de encuentro.

En la plaza de Mitropoleos esperamos tomando fotos de la catedral de la anunciación de Santa María, así como de la pequeña iglesia de Agios Eleftherios. El suelo de toda la plaza confirmaba lo que nos explicarían posteriormente en el Free Tour de que el mármol era un material realmente abundante, y por lo tanto barato, en Atenas.


Durante el Free tour, pudimos hacernos una mejor idea de la distribución de la ciudad, pensando sobre todo en planificar nuestro recorrido del próximo día, y admirar la acrópolis desde todos los ángulos, protagonista de fondo en la mayoría de las fotos.


Igualmente, rodeando la acrópolis y los restos del antiguo mercado romano, se encuentran multitud de calles pintorescas, pobladas de bares y restaurantes muy concurridos desde primera hora de la tarde, principalmente en los barrios de Plaka y Monastiraki.

De tal guisa, no sería difícil encontrar un lugar donde disfrutar de una cena agradable y con unas vistas inmejorables.




Aunque no queda constancia fotográfica, cabe aquí una nota acerca del Free Tour. Apenas quedaban 20 minutos de Free Tour cuando un par de chicas empezaron a seguir al grupo. Nosotros habíamos reservado el Free Tour por internet, de igual modo que habíamos hecho en otras ocasiones en otras ciudades, y por eso nos sorprendió tanto que las 2 chicas que seguían al grupo empezaran a discutir con nuestro guía, acusándole de ejercer de guía sin licencia, la cual ellas portaban, y amenazándole con llamar a la policía.

Tras unos minutos de discusión, al principio en griego y luego en inglés, las 2 chicas se fueron y dimos el tema por zanjado, pensando que eso había sido todo y quedaría como una pequeña anécdota (porque desde luego nosotros desconocemos la legislación griega acerca de guías turísticos).

La sorpresa fue cuando, ya terminado el Tour, al ir a dar "la voluntad" al guía en reconocimiento por su trabajo, aparecieron 2 policías montados en bicicleta, y dispuestos a detenerle bajo la misma acusación. Nos preguntaron cuanto le habíamos dado, y anotaron la documentación de una chica que venía en el grupo para que declarara como testigo. 

Nos dijeron que el resto nos podíamos ir, así que dado que nos esperaba un largo día, y aunque algo inquietos por la chica que se quedaba (aunque se quedaba ella con 2 amigas, no se quedaba sola), buscamos un lugar donde cenar. Por si a alguien le resulta útil, el tour que hicimos era "Free Tour Español Atenas" en la página GuruWalk, y nuestro guía fue Dimitri.

Gracias a la gran búsqueda online que ya había realizado Cris, no tardamos en encontrar un lugar con buena comida y vistas increíbles: restaurante Sabbas. El menú: meliztanosalata (dip de berenjena ligero que nos resultó muy refrescante), saganaki (queso frito, para compensar) y manti, una pasta típica de Asia menor. 




Tras una cena deliciosa, y varios intentos de tomar una buena fotografía nocturna de la acrópolis con nuestros teléfonos móviles, y teniendo en cuenta que nuestro plan del día siguiente incluía entrar los primeros en la visita de la misma, emprendimos la vuelta al alojamiento. 


Antes de eso, no obstante, decidimos darnos un capricho en forma de helado para Cris y batido contundente de chocolate con todo tipo de decoraciones para David en la Gelateria Da Vinci.


Lo cierto es que ciertamente en este punto estábamos en la mitad del viaje, pero la sensación, acumuladas en la retina imágenes de Nauplia, Vikos, Meteora, Delfos y una primera vista de Atenas, nos provocaban la sensación de llevar ya una semana de viaje.

DÍA 5: ATENAS (II)

Nuestro planteamiento de día incluía:
  • Visitar la Acrópolis a primera hora, para evitar el turismo masificado y las horas de calor.
  • Rodear la Acrópolis para ascender a uno de los montes que se enfrentan a ella.
  • Descender y visitar el museo de la Acrópolis.
  • Comer con algo para llevar.
  • Visitar el Ágora y otros monumentos que durante el Free Tour sólo vimos desde fuera.
  • Quedar a tomar algo con Meropi, una de las amigas que hicimos en Vikos.
  • Subir a ver atardecer al mirador de Licabeto
  • Cenar, y no acostarnos muy tarde, ya que nuestro vuelo hacia Santorini salía a las 4:30 de la madrugada.
Más allá del día intenso que nos esperaba, hicimos bien en madrugar, pues cuando íbamos subiendo a la acrópolis, a primera hora de la mañana, ya había bastantes turistas, y de no haber madrugado no habríamos podido disfrutarlo igual, por la cantidad de gente que la visita, y por el calor de finales de agosto con un sol que no daba tregua.


La entrada a la acrópolis se realiza por el lugar donde se emplazaría el teatro de Dioniso, ascendiendo por encima del pórtico de Eumenes con el santuario de Asclepio al fondo.


Según íbamos ascendiendo se hacía cada vez más importante la relevancia, no sólo histórica y cultural, sino también orográfica que tiene la acrópolis, desde donde se puede observar como la ciudad de Atenas se extiende sobre una planicie vadeada por varios montes (que por supuesto más tarde visitaríamos).

La primera estructura imponente que se presenta en la ruta es el Odeón de Herodes Ático, construido en el año 161 gracias a la gran fortuna del cónsul romano Herodes Ático, que lo construyó en memoria de su mujer, Apia Ania Regila, fallecida el año anterior. Su planta es similar a la de un teatro romano, con la diferencia de que estaba cubierto.


Lo cierto es que tanto la magnitud como la longevidad de los distintos templos asentados en la meseta nos impresionó, haciendo difícil seleccionar la perspectiva podía captar mejor la belleza de los mismos.

Nada más superar el Odeón de Herodes Ático se impone, a mano derecha, el templo de Atenea Nike, tras superar el cual se abre el Propileos, que sirve de entrada a la explanada de la acrópolis:



El imponente Partenón se presenta como monumento central de toda la meseta. 



Impresiona saber que este Partenón es un pequeña reconstrucción del llamado pre-Partenón, del siglo XII a.C., que fue destruido el año 480 a.C. durante la segunda guerra médica, en el incendio de Atenas tras la derrota espartana en la batalla de las Termópilas.



El nuevo Partenón fue construido entre los años 447 y 432 a.C. y consagrado a la diosa Atenea Pártenos, protectora de la ciudad de Atenas.



Tras rodear el Partenón tratando de descubrir la mejor fotografía del conjunto o el detalle, a mano derecha, aparece el antiguo templo de Atenea. 

Cuenta la leyenda que Poseidón y Atenea se disputaban ser elegidos como protectores de la ciudad de Atenas. Como regalo para la ciudad, para tratar de ganarse el favor de sus ciudadanos, Poseidón golpeó la roca haciendo que brotara un torrente de agua, pero el agua que brotó era salada y casi inunda la ciudad. Por otro lado Atenea golpeó la roca con su lanza e hizo brotar un olivo, del que la ciudad podía obtener madera, aceite y alimento, por lo que fue elegida como protectora de la ciudad.

En este templo se supone que está la brecha que abrió Poseidón en su disputa con Atenea. Debido a las obras nos fue imposible acercarnos lo suficiente para encontrar el agujero que se supone que hay en la piedra.



A espaldas del antiguo templo de Atenea se encuentra el Erecteión, templo dedicado a Atenea y Poseidón y en honor del mítico rey de la ciudad Erecteo. 



Construido entre los años 421 y 406 a.C., consta de 3 pórticos, en uno de los cuales se encuentran las Cariátides, columnas con forma de mujer, una de las cuales está en el museo británico (nos lo recordaron varias veces en varias visitas).



El recorrido termina volviendo a salir por el Propileos:


Ya habíamos cubierto uno de nuestros objetivos principales del día, así que, a por el siguiente.

Subiendo a la colina Filopapo, la verdad es que la sombrita de los árboles se agradecía, y poco a poco, según ascendíamos, las vistas de la Acrópolis y la ciudad de Atenas iban mejorando.




Tras tomar distintas fotografías desde lo alto de la colina, descendimos en búsqueda de la prisión de Sócrates.

Sócrates, filósofo y maestro de dos de los más grandes pensadores de la antigua Grecia, Platón y Aristóteles, fue condenado a muerte en el año 399 a.C. por expresar su creencia en contra de los dioses ancestrales y corromper a los jóvenes. La condena fue consecuencia, realmente, de su oposición manifiesta a la tiranía de Critias.

El lugar escogido para que Sócrates pasara sus últimas horas, con su familia y sus allegados, se sitúa en la falda de la colina de Filopapo, a menos de 500m de la Acrópolis. No obstante, aunque este lugar está marcado turísticamente como dicho emplazamiento, existen otras teorías que sitúan la prisión de Sócrates en otros emplazamientos alrededor de la Acrópolis.


Finalmente, nos dirigimos al museo de la Acrópolis para tratar de poner un poco de sentido a todos los monumentos que estábamos visitando.

El museo de la Acrópolis se puede decir que es uno de esos sitios al que las fotos no le hacen justicia. Resulta realmente impresionante y es, desde luego es un museo de visita imprescindible a la hora de visitar Atenas.



Está organizado de forma que resulta muy entretenido e interactivo, entender la acrópolis, ligada a la historia de Grecia, y con información detallada y clara diferenciando lo importante de lo accesorio.


Las cariátides que hay en el museo son las auténticas, y falta una porque es la que tiene el museo británico bajo el pretexto de que "no tienen sitio donde exponerla". El museo deja el hueco a propósito para evidenciar que el museo británico la retiene contra "su voluntad".


El edificio del museo es moderno, pero se asienta sobre más ruinas que se integran perfectamente entre sus cimientos y forman parte, igualmente, de la visita.




Tras una mañana tan intensa, ya iba siendo hora de comer, pero no teníamos demasiado tiempo que perder en este día así que decidimos coger algo de comida local para llevar y darnos una vuelta por los monumentos que nos faltaban por visitar.

Nos decidimos por comprar un Gyros en Kostas, una tiendecita realmente pequeña  pero con muy buenas valoraciones y en cuya puerta había unas 10 personas haciendo cola para pedir. Si en la imagen tiene buena pinta, os puedo asegurar que el sabor era espectacular.



Comida en mano, nos dirigimos a visitar el Ágora de Atenas. El Ágora de Atenas era un espacio abierto, flanqueado por multitud de edificios institucionales, y que constituyó el centro cultural, religioso, administrativo, comercial y social de Atenas.

Destacando en ella, y como el edificio mejor conservado, se encuentra el Hefestión, al cual nos dirigimos.



El Hefestión, o templo de Hefesto y Atenea Ergane, cuya construcción se prolongó desde el año 449 al 415 a.C. Entre los siglos VII y XIX fue utilizado como templo cristiano, pero no se reconoce ninguna reconstrucción en el mismo, por lo que se trata del edificio original.


Mientras lo visitábamos, hablamos con Meropi, una de las amigas que hicimos en Vikos, y quedamos con ella para merendar unos pasteles en una cafetería muy cuqui, Nancy Sweet Home. Todo con muy mala pinta.




Y tras un paseo con ella por la ciudad nos despedimos para dirigirnos a ver el cambio de guardia, y desde ahí subir al mirador de Licabeto para ver atardecer.



El cambio de guardia en de la guardia de honor griega es un tanto peculiar. 



Los soldados llevan un traje de gala de una época en el que su monarca era muy aficionado a los caballos, por lo que llevan en el gorro como si fueran crines de caballo, y llevan herraduras en las botas de forma que suenen al andar, además de marchar levantando las piernas hacia delante antes de flexionar las rodillas, igual que un caballo de gala andando al paso.


Tras el cambio de guardia, nos decidimos a subir al mirador. La subida se hace un poco pesada, sobre todo tras un día tan largo, pero al grito de "hoy o nunca" nos hicimos con la cima (a mí me costó un poco más que a Cris, para qué negarlo).

Llegamos justo a tiempo para ver el atardecer, entre la gran cantidad de gente que se agolpaba para tomar la mejor foto.




Bueno, vale, estuve jugando con los modos de la cámara del móvil a ver si encontraba la mejor forma de sacarlo y que se distinguiera la acrópolis iluminada en el centro de la foto, pero... se hace lo que se puede con los medios que hay. Contemplando el atardecer, nos topamos con una familia de españoles muy amables que nos hicieron unas fotos y nos dieron algunos tips para nuestra futura visita a Santorini.

Tras bajar, dado que nos pillaba de camino, hicimos una breve visita al templo del Zeus Olímpico, antes de dirigirnos al centro para cenar algo de camino a nuestro apartamento:


El Olimpeión, o templo a Zeus Olímpico, se comenzó a contruir en el siglo VI a.C., pero su construcción no terminó hasta el siglo II d.C. bajo el mandato del emperador Adriano. Durante las épocas helenística y romana fue el templo más grande de Grecia.


Y por fin la cena, en O Thanasis, una típica taberna griega con mesas en la calle. Allí degustamos las Dolmadas (hojas de parra rellenas de arroz, que nos gustaron y repetimos más adelante).



Tocaba descansar rápido, ya que a las 4am teníamos que salir para el aeropuerto para coger el vuelo a Santorini.

DIA 6: Santorini (I)

Creo que pocas cosas como el inicio de este día con madrugón después de una jornada agotadora definen la locura de nuestros planes de viaje.

Taxi al aeropuerto (a 30 minutos de Atenas), vuelo de 1h y media a Santorini, bus del aeropuerto al alojamiento... para descubrir, al llegar al hotel, a las 7:13 minutos, que la recepción está cerrada hasta las 10am y no tenemos sitio donde ir...


- Pues oye, parece que se puede pasar a la piscina. 
- Pues mira, qué hamacas más hermosas. 
- Pues... zzzzz despiértame cuando abran...
- Pues anda... zzzzz mejor ponte una alarma por si acaso...


En fin, que nos sentó bien la paradita, aunque luego tuvimos que apretar un poco el ritmo para continuar con nuestro intenso programa.

Nos alojamos en Villa Livadaros, en Karterados, y hay que reconocer que el hotel parece de todo lujo, era de los más baratos que encontramos (también es verdad que estaba en el centro de la isla, no en la costa, que era el año del Covid, y que aún así costaba más o menos el doble que los alojamientos en Atenas, pero desde luego, lo valía).

Tras hacer el check-in en el hotel (después de apretarme un desayuno continental), nos pusimos en camino hacia Fira para coger el crucero que teníamos reservado a las 11am.



El camino de unos 3km bajo un sol que no se había dado cuenta de que Septiembre acababa de comenzar y a contrarreloj se hizo un poco intenso, pero llegamos a tiempo de tomar el crucero y aprovisionarnos con unas botellas de agua que agradeceríamos.

Fira es un pueblecito acogedor y muy turístico, con tiendecitas de souvenirs por todas partes, restaurantes, y todas las casitas blancas, típicas de Santorini y de las islas del Mediterráneo en general.



Lo más curioso es que el puerto está, literalmente, abajo, descendiendo una cuesta/rampa de unos 600 escalones, que luego nos tocaría ascender a pleno mediodía.


Habíamos reservado un tour llamado "Volcano and hot springs boat tour", prometedor. El plan consistía en tomar el pintoresco barco de madera para visitar el volcán que había originado la isla de Santorini y permanece activo y después tomar un baño en una cala de aguas "templadas" (no me atrevería a decir que caldeadas) por el calor del volcán.



Tras desembarcar en Nea Kameni, pusimos rumbo a la cima del volcán de Thólos Naftílos. El calor que desprendía el suelo, unido al sol abrasador y a la ausencia total de vegetación hacían la subida agobiante, y definitivamente debimos haber comprado más agua de la que llevábamos, así como habernos echado crema protectora... todas estas cosas que uno reflexiona a posteriori.



El paisaje, a pesar de lo duro de las condiciones, nos impresionó: en mitad de un cráter que aún humea, con pequeñas chimeneas emanando vapores de azufre.

Tras rodear el cráter haciendo fotos en todas direcciones, bajamos de vuelta al barco para poner destino a las aguas termales.


En la isla de Palaia Kameni, en la bahía de Agios nikolaos el agua está caldeada por los vapores del volcán, lo que provoca que tenga lodos de tono ocre, debidos al alto contenido en azufre, que tiñen el agua del mismo color, y suben su temperatura hasta los 30-35°C.

Por suerte nos avisaron de que dichos lodos tiñen cualquier prenda clara que introduzcas en ellos de un tono marrón rojizo que luego es imposible de quitar, razón por la cual llevábamos bañadores adecuados para la ocasión.

Igualmente, la temperatura del agua se aprecia, realmente, cuando vas a salir de ella, porque al introducirte, el cambio de temperatura es tan gradual que no te das apenas cuenta del mismo.



Tras darnos un buen chapuzón y embadurnarnos de barro (no porque supiéramos que tuviera ninguna propiedad, sino por hacer la gracia) retornamos al barco de vuelta al puerto de Fibra, aprovechando para hacer unas fotos dignas de revista!

Para subir del puerto al pueblo de Fira existen tres formas:
  • Subir los 600 escalones andando.
  • Subir los 600 escalones a lomos de un burro.
  • Subir en un pequeño funicular que tienen montado junto a las escaleras.
Nos debatimos 10 minutos sobre qué hacer, y aunque creo que si volviéramos decidiríamos lo mismo, está claro que durante la subida me arrepentí 600 veces de nuestra decisión.

El sol era abrasador a las 14h, cayendo en vertical, con unos 35ºC de temperatura ambiente, sin apenas viento. Para colmo ya estaba quemado del sol del recorrido en barco y de la caminata por el volcán, lo que no ayudaba. Por suerte llevaba conmigo la típica toalla del Decathlon que usé a modo de sombrilla para poder aguantar la subida.

Al llegar arriba buscamos un lugar donde comer y refrescarnos mientras discutíamos nuestro plan para la tarde. En el restaurante Ouzeri tomamos algo ligero: ensalada griega y pulpo braseado con una salsa muy rica!




La discusión principal era, ya que ver atardecer desde Oia era una de las atracciones turísticas principales de la isla, y todavía quedaban horas para el atardecer, hacer la ruta desde Fira hasta Oia andando.



Se trataba de una ruta bastante fácil, de unas 2h de recorrido a pie, bordeando la costa interior de la isla.

Si bien esta ruta no suponía ningún reto para nosotros, lo cierto es que el caluroso día, unido al sol que ya habíamos sufrido en la cuesta desde el puerto, hacían que para mí supusiera una locura ponernos en camino poco después de comer y en esas circunstancias.

Tras un rato de discusión, decidimos preguntar a la mujer que nos estaba sirviendo la comida, de trato muy amigable y evidentemente oriunda del lugar. Nos propuso dar la vuelta a nuestro plan, como solución. Tomar un autobús a Oia, dar una vuelta por allí, ver el atardecer, y comenzar la caminata con las últimas luces del atardecer.

Si bien las vistas no serían tan buenas como si la hacíamos de día, decidimos aceptar su propuesta. Así que poco después de comer, y tras comprar algunos souvenirs (incluida una camisa blanca con que reemplazar mi ya extremadamente sudada y teñida de rojo camiseta), tomamos el autobús hacia Oia.

Antes de darnos cuenta estábamos paseando por las mágicas calles de este pintoresco pueblo, donde es realmente fácil volverse loco y producir lo que bien podría ser un book de fotografía profesional.










No, no se trataba únicamente de sacar fotos al tuntún. Claramente estábamos seleccionando los mejores rincones... ¡Pero es que eran todos! ¡En Oia no existen las fotos malas!

En cualquier caso, y además de volvernos locos con las fotos, conseguimos encontrar un lugar desde donde disfrutar la puesta de sol que no estuviera completamente saturado de gente, y tras dar unas cuantas vueltas, y tomar unos granizados y helados, volvimos al mismo para disfrutar del momento.






Como siempre, íbamos haciendo amigos, y esta última foto hay que agradecérsela a una chica japonesa que estaba discutiendo con el novio italiano porque no había querido invitarla a cenar a un sitio carísimo para poder disfrutar de la puesta de sol desde él...

Se pegó bastante a nuestro rincón, pero las fotos que nos sacó compensaron la incursión en el que claramente habíamos demarcado como nuestro terreno.


Finalmente, cuando las luces del atardecer comenzaron a apagarse, comenzamos nuestro camino de vuelta, a sabiendas de que llegaríamos entrada la noche.


No tardó en hacerse realidad nuestra predicción, y la mayor parte del camino fuimos iluminados por la luz de la luna, reflejada en el mar, y las lejanas luces de los distintos pueblecitos de la isla.



Aunque nuestro destino final era nuestro hotel en Karterados, el plan era parar a cenar en los alrededores de Fira, para hacer la ruta menos pesada y no llegar demasiado tarde y que nos hubieran cerrado la cocina.

Finalmente, paramos a cenar en el restaurante Anogi unos Tomatokeftedes (bolas de tomate fritas, especialidad de Santorini) y unos buenos mejillones al vino:




No obstante, tras la cena, caminar los 40 minutos que nos restaban no me apeteció, por lo que tomamos un taxi que claramente nos timó cobrándonos 12€ por un recorrido de 5 minutos.

Pero había sido un día largo, habíamos dormido poco, y tocaba prepararse para el próximo y último día de viaje.

DÍA 7: SANTORINI (II) - ATENAS (III)

Para aquellos que estéis pensando: "Ya era hora, un día de playa en Santorini, ¡por fin unas vacaciones de relax!". Esta claro que no estáis leyendo el blog adecuado...

Nuestro avión de vuelta a Atenas salía a las 16h, por lo que decidimos pasar la mañana en la playa. Dado que teníamos que hacer el chek-out antes de las 12, y no queríamos cargar con todo el equipaje hasta la playa, decidimos dejar todo recogido, con el equipaje en la consigna del hotel, y desplazarnos andando hasta la playa más cercana.

La playa más cercana a Villa Livadaros era la playa de Monotlithos, a 50 minutos andando, y como si no hubiéramos aprendido ninguna lección del día anterior, allá nos dirigimos, a eso de las 11 de la mañana.




El agua estaba cristalina, la playa muy limpia y no había prácticamente gente. Si bien no es de las mejores playas de Santorini, y nos quedamos con ganas de ver la playa de arena negra, entre otras, nos sirvió para relajarnos un poco y descansar.

Desde ese momento ya todo fue viaje de vuelta. Autobús de vuelta al hotel (menos mal, porque con el calor y el sol, de haber vuelto andando, probablemente nos habría dado un golpe de calor). Recoger el equipaje, y coger un bus al aeropuerto. Compramos algo para comer de camino y lo comimos en el aeropuerto antes de pasar el control, y finalmente vuelo de vuelta a Atenas.


Nuestro alojamiento para la última noche en Atenas resultó ser un poco "trambólico", un apartamento en una buhardilla en un edificio viejo, al que se entraba a través de la cocina de un bar, y que contaba con un cuarto de baño elevado medio metro del suelo, lo que hacía que yo no entrara de pie en él.

Pero en fin, era nuestra última noche de viaje, última tarde/noche en Atenas, así que nos dispusimos a disfrutar de una última cena de lujo.

Yasemi es un restaurante pintoresco, en el que en épocas pre-Covid tenían música en directo. El ambiente era muy acogedor, con un aire rústico renovado, y una camarera (tengo mis sospechas de que fácilmente podría ser la propietaria) que nos ofreció una cálida bienvenida.


Nada más entrar, a la izquierda, tenía una vitrina con bandejas con los distintos platos preparados, por lo que podías fácilmente decidir qué te apetecía comer, viendo realmente lo que te esperaba. Habiendo probado ya prácticamente todos los platos de nuestra lista gastronómica, se presentó como la ocasión idónea para repetir uno de nuestros favoritos, yemistá (verduras rellenas) , así como probar un sabroso guiso de cordero.




Tras la cena, y un último paseo nocturno por Atenas, tocó madrugar para ir al aeropuerto y volver a la rutina.

Desde la distancia, si bien es cierto que no fue el primer destino seleccionado en nuestra lista, Grecia se convirtió, sin lugar a dudas, en uno de los mejores viajes que hemos realizado. Ser el primer viaje que hacemos juntos le hace gozar de un lugar privilegiado abriendo este Blog en el que esperemos se vayan acumulando muchas otras aventuras alrededor de este espléndido planeta en el que vivimos.

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